14-09-2026 | 09:32
CLIMA | DOLAR

Seis nombres, seis historias y una misma bandera. Fangio, Vilas, Maradona, Aymar, Ginóbili y Messi trascendieron sus disciplinas para convertirse en parte de la identidad argentina. No fueron solamente campeones.  Fueron embajadores de un país que encontró en ellos una manera de reconocerse, emocionarse y sentirse representado ante el mundo. Ahora, Messi ocupa su lugar definitivo en ese Olimpo de leyendas que ya son eternas.  


Por Guido Esteban Polisena

Hay un conocido aforismo que dice “El tiempo desgasta la piedra, pero pule las leyendas”. Una frase que identifica a la memoria deportiva colectiva de nuestro país.  Argentina tiene una manera muy particular de relacionarse con sus ídolos y sus leyendas. El argentino no exige solo ganar, no exige ser el mejor. Para ser considerado verdaderamente un prócer nacional, hay que representar los sueños, las luchas, las frustraciones, el nunca rendirse. 

Somos una extraña mezcla de talento, sacrificio y pasión que tantas veces nos define. Por eso, para mí, existe un Olimpo de seis grandes próceres argentinos del deporte. Juan Manuel Fangio, Guillermo Vilas, Diego Maradona, Luciana Aymar, Emanuel Ginóbili y, desde ahora y para siempre, Lionel Messi.

No es una cuestión de estadísticas ni una competencia para determinar quién fue mejor. Es una cuestión de dimensión. De lo que significaron para Argentina. De cómo sus nombres dejaron de pertenecer exclusivamente al deporte para convertirse en parte de nuestra cultura y de nuestra identidad.

Fangio llevó la bandera argentina a la cima del automovilismo mundial cuando el país todavía miraba con asombro hacia Europa y donde correr en auto era una cita constante con la muerte. Vilas hizo que una raqueta pudiera representar a millones y abrió las puertas del tenis argentino al mundo. Maradona convirtió una pelota en una cuestión de identidad nacional y fue capaz de hacer que Argentina se sintiera invencible incluso en los momentos más difíciles. Aymar transformó al hockey en orgullo colectivo y convirtió a Las Leonas en una bandera reconocible mucho más allá de una cancha, federalizó su deporte y alimentó los sueños de miles de nenas argentinas. Ginóbili rompió el molde, llegó a la NBA y demostró que desde un rincón del mundo también se podía dominar el básquet más exigente del planeta.

Y Messi. Lionel es, quizás, el vínculo más profundo entre un deportista y la Argentina contemporánea. Porque su historia con la Selección fue también nuestra historia con él. Lo vimos llegar siendo un chico, lo vimos perder finales, llorar, ser cuestionado, escuchar que no sentía la camiseta, renunciar y volver. Lo vimos cargar durante años con una mochila que parecía imposible de soportar. Y también lo vimos levantarse.

Por eso el Mundial de Qatar no fue solamente una conquista deportiva. Fue una reconciliación. Messi con Argentina. Argentina con Messi. Una generación entera pudo finalmente abrazarse alrededor de una camiseta y de un hombre que había sufrido tanto como nosotros.

Gabriela Sabatini, Roberto De Vicenzo, Paula Pareto, Luciano De Cecco y tantos otros también hicieron enorme a nuestro país. Sus nombres son patrimonio de la historia argentina. Pero estos seis, para mí, ocupan un lugar distinto. Fueron capaces de convertirse en embajadores emocionales de una Nación.

Cuando el mundo escucha a Fangio, Vilas, Maradona, Aymar, Ginóbili o Messi, escucha Argentina. Ese es el verdadero Olimpo. Y Messi ya no entra allí para ocupar un lugar. Entra para quedarse. Para la eternidad.




























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