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La expansión de la IA puede ser diferente a las revoluciones económicas del pasado. Su rápida expansión puede generar una apocalipsis en el corto plazo. Todas las lecciones de la historia y del pasado pueden ser inservibles esta vez
La poderosa irrupción de la inteliengica artificial (IA) está modificando de cabo a rabo el funcionamiento de millones de trabajos. Por ahora, la IA parece estar cambiando muchas cosas, pero no destruyendo puestos de trabajo de forma masiva. La esperanza de economistas y políticos es que esta tecnología se implante de forma rápida e indolora, generando puestos de empleo (mejores) nuevos que puedan compensar las pérdidas en algunos sectores que parecen seriamente amenazados. Sin embargo, en todos estos procesos hay un periodo de transición, de apocalipsis o de pausa (como se quiera llamar) en el que la nueva tecnología destruye empleo y los trabajadores aún no están formados ni saben como beneficiarse de la nueva tecnologia. Esta transición ha sido históricamente lenta, a veces silenciosa y con un impacto muy considerable para sectores concretos, pero sin generar una destrucción masiva y al mismo tiempo de empleo en la economía (eso dicen los últimos estudios). La cuestión es que el potencial de la IA es tal que esta vez puede ser diferente. Desde The Economist han publicado un largo reportaje en el que concluyen que si hay disrupción con la IA, inevitablemente habrá recesión y destrucción de empleos improductivos.
Como ya ha anunciado alguna casa de análisis, si la IA genera una limpia en los empleos improuctivos, la economía puede tender hacia una recesión inevitable. Por mucho que mejore la eficiencia y la productividad, si no hay demanda de los consumidores (porque se van al paro o temen que vaya a suceder), la economía entrará temporalmente en recesión. Esta recesión puede ser muy dolorosa, pero también podría dar lugar a la destrucción creativa, un proceso doloroso, pero positivo en el largo plazo para la economía.
La 'destrucción creativa' de Joseph Schumpeter es el proceso por el que el capitalismo avanza destruyendo continuamente actividades, empresas y empleos antiguos para dar paso a otros nuevos más productivos e innovadores. Según Schumpeter, las grandes innovaciones (como puede ser en este caso la iA) provocan una ruptura del equilibrio económico, donde muchas compañías tradicionales desaparecen porque ya no pueden competir, mientras surgen nuevos sectores, modelos de negocio y formas de empleo más eficientes. Ese proceso puede generar dolor económico a corto y medio plazo, con quiebras, desempleo y recesiones sectoriales, pero al mismo tiempo eleva la productividad, reduce costes y acaba aumentando la riqueza y el nivel de vida a largo plazo.
Para Schumpeter, esa capacidad del capitalismo para reinventarse mediante olas de innovación era precisamente el motor central del crecimiento económico. La cuestión es que esta vez puede ser diferente porque la IA afecta a casi todo, a los sectores con más peso en el PIB. La recesión no será sectorial, podría ser una recesión total.
El pesimismo entre los trabajadores
Nunca antes en la historia de las encuestas los estadounidenses habían sido menos optimistas sobre sus perspectivas laborales a largo plazo. Según una encuesta, un trabajador medio cree tener un 22% de probabilidades de perder su trabajo en los próximos cinco años, un porcentaje incluso mayor que durante la crisis financiera mundial de 2007-2009. La causa de este pesimismo, como no puede ser de otra forma, es la inteligencia artificial. Casi uno de cada cinco trabajadores estadounidenses declaró recientemente a otra encuestadora que la IA o la automatización tienen "muchas" o "algo" de probabilidades de reemplazarlos.
No solo la gente común está alarmada. También lo están los líderes de las mismas empresas de IA que generan esta ansiedad. Dario Amodei, de Anthropic, advirtió que la IA podría elevar el desempleo al 10-20%. Bill Gates, cofundador de Microsoft, afirmó que en un mundo de IA las personas no serán necesarias para "la mayoría de las cosas". Sam Altman, director de OpenAI, se ha dado cuenta de que ensalzar el poder disruptivo de la tecnología está provocando reacciones adversas, y ahora habla de "herramientas para potenciar y mejorar a las personas, no de entidades que las reemplacen". Pero ni siquiera él pudo resistirse a mencionar la 'disrupción/transición significativa a medida que nos adaptamos a nuevos empleos', señalan desde The Economist.
Los economistas, por una vez, son mucho menos pesimistas. Rechazan la falacia del 'mercado laboral' que lo consideran como estático y de suma cero. Si la tecnología desplaza a trabajadores de algunas ocupaciones, argumentan, enriquece a otros, que después gastarán sus beneficios en bienes y servicios que crean nuevos empleos.
Lo cierto es que aunque se han producido algunos movimientos que ya avisan de lo que puede estar por venir (despidos masivos en algunas tecnológicas o firmas de consultoría), "el mercado laboral no se está desmoronando todavía. El porcentaje de la población en edad de trabajar de la OCDE con empleo sigue batiendo récords, el desempleo en el grupo de países mayoritariamente ricos es de tan solo el 5%, y EEUU emplea a más personas que nunca en sectores 'expuestos a la IA', como el jurídico", aseguran desde The Economist.
Los avances en las capacidades de la IA podrían dejar obsoletos los datos actuales y las extrapolaciones derivadas de ellos. Pero si esto ocurriera, y la IA realmente dejara a millones de personas sin trabajo, sería un hecho sin precedentes en la historia de la humanidad. Nunca antes las nuevas tecnologías se habían propagado con la suficiente rapidez como para provocar desempleo prolongado a un gran número de personas. Comprender el porqué podría arrojar luz sobre en qué se diferencia (y en qué no) esta situación.
Esta vez puede ser diferente
Los datos históricos sugieren que la difusión tecnológica siempre se produce lentamente (pero la IA avanza tan rápido que da miedo y lo que a otras tecnologías les llevó décadas, a esta puede llevarle pocos años). En un artículo al que hace alusión The Economist publicado en 2012, Robert Gordon, de la Universidad Northwestern, halló que, desde 1300, el crecimiento del PIB per cápita en la economía más sofisticada del mundo en su momento nunca ha superado el 2,5% anual. Cuando otros países crecieron más rápido, lo hicieron alcanzando a un lugar más rico que, casi por definición, impulsó un progreso tecnológico generador de riqueza con anterioridad. Y el hecho de que el crecimiento en la vanguardia de la innovación fuera más lento significó que también lo fuera el ritmo de la destrucción de empleos.
"Tomemos como ejemplo la agricultura. Aunque ha experimentado transformaciones tecnológicas monumentales durante el último milenio, el empleo agrícola ha cambiado lentamente. La proporción de la fuerza laboral inglesa en la agricultura ha disminuido constantemente desde el siglo XVI sin colapsar repentinamente. El tractor, tal como lo conocemos hoy, se inventó en Estados Unidos a principios del siglo XX, y la disminución de la fuerza laboral agrícola tardó generaciones, no años", destaca el semanario británico.
Incluso cuando la disrupción laboral es más rápida, los trabajadores no tienen por qué sufrir. A mediados del siglo XX, los primeros ordenadores, los contenedores de transporte y otras maravillas llevaron a Harold Wilson, primer ministro británico, a describir el "fervor tecnológico" que arrasaba las economías occidentales. El PIB per cápita en EEUU, que para entonces ya había desbancado a Reino Unido como la economía más innovadora y avanzada, creció un 2,5% anual, el ritmo más rápido jamás registrado por una potencia económica líder. El nivel de disrupción laboral, medido por la proporción de empleos que cambiaban entre industrias u ocupaciones, llegó a ser en ocasiones más del doble que en la actualidad. Sin embargo, muchos recuerdan con nostalgia aquella época como un tiempo de aumento salarial, mayores oportunidades y una política sin polarizaciones.
Un ejemplo de cambio tecnológico que se ha vuelto tristemente célebre es la Revolución Industrial la Inglaterra del siglo XIX. Según algunos relatos, fue terriblemente perjudicial para los trabajadores. Los inventos de James Watt entre 1760 y 1780 hicieron que las máquinas de vapor fueran lo suficientemente eficientes como para alimentar las fábricas. Esto dio lugar a un período de vertiginoso crecimiento económico que pareció coincidir con un estancamiento de los salarios ajustados a la inflación. Entre 1790 y 1840, estos apenas variaron, incluso mientras los capitalistas obtenían enormes beneficios.
La pausa de Engels
Los actuales líderes de opinión en Silicon Valley suelen invocar esta pausa. Se asocia con Friedrich Engels, heredero de una fortuna capitalista y comunista, quien la describió en La situación de la clase obrera en Inglaterra, su relato sobre los barrios marginales de Manchester en la década de 1840. No obstante, estudios recientes ponen en duda que la 'pausa de Engels' sea un modelo útil para comprender el futuro de la IA para los trabajadores.
La estructura del empleo británico apenas experimentó cambios hasta la década de 1850, y solo en la misma medida que en la actualidad. Además, si bien la tecnología destruyó empleos, también creó muchos más. Entre 1760 y 1860, el número de británicos empleados aumentó de 4,5 millones a 12 millones. El desempleo, en general, se mantuvo moderado.
El crecimiento salarial fue lento durante la pausa de Engels, pero no más lento que en el medio siglo anterior. Esto reflejaba el lento crecimiento de la productividad en los primeros años de la Revolución Industrial, consecuencia de la difusión gradual de los avances tecnológicos de Watt. En 1830, solo se utilizaban unos 160.000 caballos de fuerza en toda Gran Bretaña, el equivalente a 1.000 automóviles modernos típicos.
Dado el rápido crecimiento demográfico de la época, es un logro verdaderamente notable que el poder adquisitivo de los trabajadores haya aumentado, como lo expresó Sir Tony Wrigley, un demógrafo británico fallecido. Resulta aún más notable si se ajustan los salarios no según el índice de precios al consumidor, como suelen hacer los historiadores, sino según el precio promedio de la producción nacional, el deflactor del PIB.
La diferencia entre estas dos medidas de salarios reales ilustra un punto crucial sobre la Revolución Industrial. El empleador promedio pagaba a sus trabajadores un salario razonablemente justo después de vender sus productos y deducir el costo de los materiales. No se beneficiaba de la explotación de su personal, como suponía Engels. El problema para los trabajadores no radicaba tanto en la injusticia salarial como en el fuerte aumento del coste de vida. "Los precios de los alimentos subieron constantemente, y a veces se dispararon, debido a la guerra y a los altos aranceles sobre las importaciones de cereales. Los villanos de la Revolución Industrial fueron los políticos, no las máquinas", aseguran desde The Economist.
Nicholas Crafts, historiador económico, lo explicaba de una forma que resulta sencilla para el lector medio. La Revolución Industrial, señalaba, "no es un modelo" para "un cambio tecnológico que impulse la productividad a costa de una disminución significativa de la participación del trabajo en el ingreso nacional". En resumen, quienes advierten sobre el desempleo masivo provocado por la IA predicen algo que nunca ha sucedido hasta la fecha, pero también es cierto que los avances del pasado no eran, quizá, tan potentes como la IA ni su expansión tan rápido. La IA se puede diseminar a golpe de click, no es como un ferrocarril que necesita años de construcción, producir las locomotoras, etc.
Esta vez puede ser diferente. Como señalan desde The Economist, que nunca se haya destruido empleo de forma muy masiva "no significa que sea imposible que ocurra. Las primeras señales serían un fuerte aumento de la productividad combinado con un débil crecimiento de los salarios reales en Estados Unidos, la economía emergente mundial. Esto se reflejaría en un aumento del PIB per cápita, por encima del límite del 2,5% establecido por el Sr. Gordon, y un incremento simultáneo de las beneficios empresariales, lo que reflejaría que las ganancias derivadas de una mayor producción se destinan al capital, no al trabajo. Otra señal serían grandes pérdidas de empleo en muchos sectores", alertan desde el prestigioso diario británico.
La historia nos ofrece una última lección. "Si se avecina una disrupción, se manifestará en una recesión. Las recesiones eliminan los empleos improductivos de la economía. Las empresas deben realizar cambios radicales para sobrevivir; las empresas débiles quiebran; el capital y el trabajo se trasladan a sectores más productivos. Casi todos los empleos que antes eran rutinarios en Estados Unidos han desaparecido durante las recesiones anteriores. Cuáles desaparezcan la próxima vez nos dará una pista importante. Hasta entonces, nadie (incluidos los señores Amodei, Gates y Altman) sabrá con certeza cómo será el mundo de la IA en el futuro", sentencia el semanario británico.