17-07-2026 | 05:19
CLIMA | DOLAR

Son las 6:43  horas de la mañana en la Argentina y el rugido de un motor francés sacude a millones de personas del otro lado del mundo. En el paddock de la Fórmula 1 nadie parece comprender del todo lo que sucede. Alpine presenta a su nuevo piloto titular para la temporada 2025 y el nombre del argentino explota en las redes sociales como un fenómeno imposible de controlar. A un año del anuncio de su titularidad, Franco Colapinto estuvo presente en 22 grandes premios, de los cuales corrió en 21 con la escudería de Enstone. Aunque parezca extraño, sus números no representan su figura, que va más allá de los resultados deportivos. 


Por Guido Esteban Polisena 

Franco Colapinto sonríe con una mezcla extraña de timidez y desfachatez. Lleva la ropa del equipo con naturalidad, como si hubiera nacido para estar ahí. Del otro lado de la pantalla, la Argentina vuelve a sentir algo que solo generan los elegidos. Es orgullo instantáneo. Para quienes lo bancan y para quienes aún sienten la necesidad de subestimar sus logros, criticar su figura, o simplemente les gusta sentirse “Hater”, la ecuación es clara: No se esfuercen en ser como Franco, nunca lo lograrán. 
 

No es un piloto más. Nunca lo fue. Tampoco el típico producto fabricado para caer simpático. Franco tiene algo distinto. Una autenticidad incómoda para un deporte lleno de discursos prefabricados y respuestas de cassette. Habla como habla cualquier pibe argentino. Se ríe de sí mismo. Hace chistes en medio de la presión. Mira fútbol, toma mate, consume redes sociales y entiende perfectamente el lenguaje de una generación que necesitaba, pero no sabía que necesitaba, un referente mundial en el automovilismo. No intenta parecer cercano. Lo es naturalmente.


Pero la Fórmula 1 no tiene paciencia ni romanticismo. Y Alpine tampoco estaba preparado para pelear arriba. El 2025 fue un año durísimo para la escudería francesa. Un auto inestable, falto de ritmo y muchas veces impredecible transformaron cada carrera en una batalla de supervivencia. Franco sufrió. Muchísimo. Hubo domingos donde el monoplaza parecía imposible de manejar. Otros donde la estrategia lo condenó antes de largar. Y aun así, siguió empujando.


En medio del caos aparecieron destellos de genialidad que explican por qué llegó hasta ahí. Maniobras imposibles bajo la lluvia. Clasificaciones sacando tiempo donde no existía. Adelantamientos quirúrgicos contra autos superiores. Una rebeldía en Austin ante su propio equipo. Porque  parece que Colapinto corre como vive. Sin miedo.  No heredó un apellido histórico ni llegó de la mano de una estructura millonaria imposible de romper. Se abrió camino a fuerza de resultados, carácter y una mentalidad feroz para competir.


El 2026 lo tiene en otro plano. Con los cambios globales en la categoría, la mejora sustancial en la Escudería, que modificó toda su estructura, el pibe que cumplirá este mes 23 años tiene otro semblante. En cuatro fechas,  siete puntos parecen poco para quien no entiende de Fórmula 1. Pero en Alpine valen oro. Cada unidad conseguida fue producto de talento puro, agresividad controlada y una personalidad que no se quebró jamás frente a la frustración. 


Su año completo desde aquel 7 de mayo, tiene  una imagen imposible de borrar. Argentina paralizada para verlo acelerar un Fórmula 1 por las calles de la ciudad de Buenos Aires. El road  show de Alpine se convirtió en una manifestación popular inesperada. Familias enteras colgadas de las vallas. Pibes subidos a los hombros de sus padres. Banderas argentinas flameando como si se tratara de un Mundial. La locura colectiva no era solamente por el auto. Era por él. Por Franco. Por ese chico que logró que un país entero vuelva a mirar carreras de madrugada con ilusión verdadera.


Mientras el motor retumbaba entre los edificios, Colapinto entendió perfectamente lo que estaba viviendo. Saludaba, sonreía y aceleraba con la misma naturalidad con la que un argentino juega un picado en el barrio. Ahí está la diferencia. Muchos pilotos pueden manejar rápido. Muy pocos logran representar culturalmente algo mucho más grande que el deporte. La cabeza de Colapinto funciona diferente al resto. Procesa todo de una manera sorprendente. En tiempos donde todo parece artificial, Franco transmite verdad. Y eso no se entrena.


Seguramente el futuro le depare autos mejores, podios y quizá victorias. Tiene condiciones de sobra para lograrlo. Pero incluso si eso tarda en llegar, ya consiguió algo inmenso. Para quienes lo bancan y para quienes aún sienten la necesidad de subestimar sus logros, criticar su figura, o simplemente les gusta sentirse “Hater”, la ecuación es clara: No se esfuercen en ser como Franco, nunca lo lograrán. 














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