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(Por Dante Romano) Hay historias que no se explican con una tabla de posiciones. Hay fenómenos que no entran en el frío recorte de un resultado. Y después está lo de Franco Colapinto, que obliga a mirar un poco más allá de lo evidente, porque lo evidente, los puestos, los tiempos, la clasificación, dice menos de lo que parece.
Hace años que la Argentina no tenía un nombre propio en la Fórmula 1. Durante demasiado tiempo, ese universo fue apenas una transmisión lejana, una competencia que se veía sin pertenencia, sin vínculo, sin esa necesidad casi irracional de mirar hasta el final porque hay alguien propio ahí adentro.
Colapinto vino a romper ese vacío. Y cuando un vacío se rompe, lo que aparece no siempre es un resultado. A veces aparece algo más difícil de medir: una identificación.
Porque la Fórmula 1, a diferencia de lo que se vende, no es una competencia igualitaria. No lo fue nunca. Los autos no son iguales, los equipos no son iguales, las oportunidades no son iguales. Hay una arquitectura invisible que ordena quién puede pelear adelante y quién debe resistir atrás. Y en ese mapa desigual, pretender que todos corran la misma carrera es una forma elegante de no entender nada.
Por eso, reducir a Colapinto a su posición final es, en el mejor de los casos, un análisis incompleto. En el peor, una mirada injusta. Pero el punto no está solo en la pista.Está en lo que pasa afuera. Es la gente.
En ese movimiento que no se explica por la lógica del triunfo inmediato sino por algo más profundo, más persistente. Algo que, quizás, definió mejor que nadie Michael Jordan cuando dijo: “He fallado una y otra vez en mi vida. Y por eso he tenido éxito.” La frase no habla de la derrota. Habla de la constancia. Y hay algo de esa constancia en la manera en que Argentina mira a Colapinto.
Porque este país, aunque a veces se olvide, no solo celebra a los que ganan. También acompaña a los que insisten. A los que siguen. A los que, incluso cuando no tienen todo a favor, se mantienen ahí, compitiendo.
Pasó con Lionel Messi durante años, cuando la Selección era una promesa incumplida y sin embargo nadie terminaba de soltarlo. No era solo una cuestión de títulos. Era otra cosa. Era reconocer en él una forma de estar.
Con Colapinto sucede algo parecido, pero en un escenario todavía más lejano, más ajeno, más inaccesible. Porque la Fórmula 1 no es solo un deporte. Es un club cerrado. Y en los clubes cerrados, simplemente entrar ya es una excepción. Por eso su presencia no se mide como se mide cualquier otra. No se trata solo de dónde termina. Se trata de que está. De que hay un argentino ahí, en un lugar donde durante años no hubo nadie.
De que, en medio de una estructura que no siempre deja lugar, alguien logró abrir una pequeña grieta.Y en un país que tantas veces se siente afuera de todo, esa grieta se vuelve enorme.Por eso junta gente.Por eso convoca.
Por eso genera algo que no se puede reducir a una estadística. No porque gane. No porque esté adelante. Sino porque, en un tiempo donde casi todo parece vedado, Colapinto hace algo que en Argentina vale más de lo que se dice en voz alta: Permanece.
Y a veces, en este país, permanecer ya es una forma silenciosa, pero contundente, de cantar victoria.