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Hay frases que el tiempo convierte en sentencia. No porque alguien las repita, sino porque la realidad se encarga de validarlas sin pedir permiso. Cuando Juan Román Riquelme dijo que Leandro Paredes podía ser su heredero, estaba vaticinando una carrera extraordinaria. Porque en Boca no alcanza con jugar bien. En Boca hay que hacerse cargo. En 2012 Román se fue de Boca y dejó a su sucesor. Catorce años después, los encuentra juntos otra vez. Uno como presidente y el otro, ya consagrado como campeón del mundo, como líder de plantel.
Por Guido Esteban Polisena
Hay frases que el tiempo convierte en sentencia. No porque alguien las repita, sino porque la realidad se encarga de validarlas sin pedir permiso. Cuando Juan Román Riquelme dijo que Leandro Paredes podía ser su heredero, estaba vaticinando una carrera extraordinaria. Porque en Boca no alcanza con jugar bien. En Boca hay que hacerse cargo. En 2012 Román se fue de Boca y dejó a su sucesor. Catorce años después, los encuentra juntos otra vez. Uno como presidente y el otro, ya consagrado como campeón del mundo, como líder de plantel.
“Yo ya cumplí mis sueños, ahora le toca cumplirlos a él” con esa frase, Riquelme anunció en 2012 que se iba de Boca y que dejaba la 10 en manos de Leandro Paredes. La historia, luego, llevaría al entonces juvenil a ser vendido rápidamente y tuvo que esperar hasta los 31 años, ya consagrado en Europa y siendo Campeón del Mundo, para volver al club que le dio todo. No. No los estoy comparando. Porque Paredes no juega a ser Riquelme. Juega a ser Paredes entendiendo a Riquelme. Algo muy diferente.
Pasaron catorce años de aquella situación. En este presente, el binomio Riquelme-Paredes cerró un círculo iniciado en aquel septiembre de 2012. El presidente es quien anticipó al líder, y el líder es quien sostiene adentro lo que el presidente proyecta afuera. No hay impostación. Hay coherencia. Porque Román fue depurando el plantel de líderes negativos- curiosamente algo de lo que fue tildado durante toda su carrera en Boca- dando salida a los Rojo, los Benedetto y algunos otros pesos “pesados” más.
Es cierto que este Boca aun no ganó nada. No se precipiten en sacar comentarios por ese lado. Es cierto que Riquelme ha cometido errores en los armados de los planteles y en la elección de los técnicos en los últimos tres años pero también es cierto que el actual plantel tiene mucho de él como protagonista. Él trajo a Paredes, con insistencia permanente de Fernando Gago, pero también incorporó a Ander Herrera, Ayrton Costa, Lautaro Blanco y el recién llegado Adam Bareiro. Todos, piezas claves en el equipo del “sifón” Úbeda.
Parece un detalle menor, pero lo es todo. El liderazgo de Paredes no pasa por la pausa eterna ni por el control ceremonial del partido. Pasa por otra cosa, por la aparición en el momento justo, por pedir la pelota cuando quema, por ordenar desde la decisión. Tiene ritmo, tiene carácter y tiene algo que Boca exige sin explicarlo, presencia. Leandro es jerarquía, es visión, es inteligencia, es arrogancia futbolística y un faro humano puertas adentro en el vestuario. Ese tipo de liderazgo no se declama. Se impone por naturaleza innata.
En ese esquema, la figura de Ander Herrera aparece como una pieza inteligente. No para disputar centralidad, sino para consolidarla. Herrera entiende el juego, pero sobre todo entiende los grupos. Sabe cuándo acompañar, cuándo hablar y cuándo sostener. Es el tipo de jugador que no necesita ser protagonista para ser determinante. El vasco es su amigo, casi un hermano que el fútbol juntó en Francia y los reencontró en La Boca. Su principal Escudero.
El vínculo entre Riquelme y Paredes no es de jefe y empleado. Es de continuidad conceptual. De una idea de fútbol que atraviesa generaciones dentro del mismo club. Román detectó en Leandro algo más que talento, vio carácter. Y hoy, desde otro lugar, lo respalda sin invadirlo. En un fútbol apurado, donde todo se mide en resultados inmediatos y las palabras se gastan rápido, Boca parece sostener algo más incómodo pero más sólido, la idea de continuidad.
No de nombres. De sentido. Riquelme no buscó un heredero para que lo imite. Lo encontró para que interprete lo mismo desde otro cuerpo, otro tiempo y otra forma. Y Paredes entendió el mensaje.Porque en Boca, al final, no se trata de jugar lindo. Se trata de saber qué significa vestir la camiseta del club argentino más conocido del planeta. El “Topo Gigio” en el Monumental cerró el vínculo, ese que muchos operaron para tratar de destruir. “Para mí, que Riquelme dijera que soy su sucesor es un orgullo y no me lo voy a olvidar nunca en mi vida porque lo afirmó antes de que empezara mi carrera”, sostuvo Leandro Paredes y el mundo Boca está Felíz.