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Casi una semana después de las afirmaciones del volante campeón del mundo, sus palabras siguen generando espuma en redes sociales y las posiciones, otra vez, dividen al público argentino. Ya no es una cuestión de simples pensamientos, el jugador planteó una frase que intenta funcionar como un axioma, como si fuera una verdad evidente, pero en realidad es una afirmación profundamente discutible.
Por Guido Esteban Polisena
“Vinimos a jugar al fútbol, no a hacer política”. Consciente de sus palabras, Rodrigo De Paul puso sobre la mesa una frase casi filosófica y que suena, a primera escucha, casi de sentido común. En un país como Argentina, atravesado por tensiones constantes, el deseo de separar la pelota de la política parece hasta un gesto de alivio. Pero ¿es realmente posible?.
Para desglosar esta discusión, vamos a utilizar la filosofía y la sociología como bases en este artículo. Si uno se toma en serio a Karl Marx o al sociólogo italiano Antonio Gramsci, la respuesta a la postura del jugadora es incómoda. Está errado. No porque De Paul esté “equivocado” en su intención, sino porque la propia estructura del mundo que habita hace imposible esa separación.
El fútbol no es solo un juego. Es industria, identidad, representación nacional, negocio global. Es, en términos de Marx, parte de una superestructura que refleja y reproduce relaciones de poder. Cuando una selección entra a la cancha, no lo hace en el vacío. Lo hace con una bandera, un himno y una historia detrás. Eso ya es político, aunque nadie lo declare.
Cambiando de enfoque, encontramos que Michel Foucault iría todavía más lejos. Para él, el poder no se ejerce sólo desde un gobierno o un partido, sino que circula en todos los espacios. También en el deporte. En los cuerpos entrenados, en las disciplinas, en los discursos que dicen qué se puede y qué no se puede decir. Cuando un futbolista afirma que no hace política, en realidad está participando de una forma de poder que define qué cuenta como “político” y qué no.
Porque ahí está el punto ciego de la frase. Creer que la política es solo lo explícito. Por ejemplo, una declaración partidaria, una consigna o eslogan y la militancia. Pero no. Como bien sugiere Pierre Bourdieu, lo político también habita en los gestos cotidianos, en lo que se dice y en lo que se calla, en el espacio compartido. El simple hecho de representar a un país en una cancha internacional ya es un acto cargado de significado colectivo.
Hasta el momento los autores situados corresponden en su totalidad a pensamientos del Siglo XIX y Siglo XX, pero si retrocedemos hasta los más clásicos, la idea de Rodrigo De Paul de querer separar completamente el fútbol de la política empieza a tambalear. Para Aristóteles, el ser humano es un “animal político”. No existe por fuera de la comunidad, y toda acción está inserta en ella de alguna u otra manera.
Thomas Hobbes, desde una mirada mucho más cruda, advertía que sin un orden político que regule la convivencia, la vida sería puro conflicto; es decir, hasta lo más básico depende de una estructura de poder. Por ende, el fútbol mismo necesita del poder y la política para poder funcionar como industria y como deporte.
Por otro lado, John Locke, padre del liberalismo, tampoco escapa a esta lógica. El trabajo, la propiedad y la libertad existen dentro de un marco político que las garantiza. Entonces, incluso desde tradiciones muy distintas, la conclusión no es que todo sea política en un sentido partidario, pero el simple hecho de ser humanos hace que nuestra existencia ocurra completamente por dentro de la Política.
Entonces, ¿qué quiso decir realmente Rodrigo De Paul? Probablemente algo bastante más simple. El jugador del Inter de Miami quiso expresar que su intención es jugar, competir, concentrarse en el deporte. Y eso es legítimo. Nadie le puede exigir a un futbolista que se convierta en analista político o se exprese publicamente con sus pensamientos políticos partidarios. Pero otra cosa es afirmar que el fútbol puede estar al margen de la política. Porque ahí ya no hablamos de voluntad individual, sino de cómo funciona la sociedad.
La historia argentina lo demuestra mejor que cualquier teoría. Desde el uso del fútbol en contextos como el Mundial de 1978 hasta la negativa de la Scaloneta campeona en Qatar de visitar la Casa Rosada. El fútbol nunca fue un territorio neutro. Nunca. Quizás, entonces, la frase debería invertirse. No como una crítica al jugador, sino como una forma de entender el mundo que habitamos. No vinieron a hacer política. Pero, inevitablemente, también lo están haciendo. Por ello, Rodrigo tiene razón pero al mismo tiempo está equivocado.