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(Por Dante Romano) La discusión pública que se abrió alrededor del viaje a Estados Unidos de Manuel Adorni acompañado por su esposa vuelve a mostrar una constante de la política argentina: la facilidad con la que el debate se desplaza hacia la anécdota mientras los temas verdaderamente importantes quedan fuera de escena. -
En el mundo institucional y diplomático, que un funcionario viaje con su pareja no constituye ninguna excepción. Es una práctica contemplada dentro del protocolo en la mayoría de los países y forma parte de la dinámica habitual de las delegaciones oficiales.
Sin embargo, en la Argentina la discusión se detiene en el detalle menor. Se analiza quién viaja, con quién viaja o en qué avión, pero casi nadie se pregunta para qué se viaja, qué reuniones se mantienen o qué resultados concretos pueden surgir de esas gestiones. La polémica en torno al viaje de Adorni tiene además un componente que resulta difícil de ignorar: la memoria selectiva de buena parte del sistema político.
Durante los gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner, los viajes presidenciales a Nueva York solían estar acompañados por comitivas amplias donde no solo participaban funcionarios, sino también integrantes del entorno personal de la entonces presidenta, incluidos estilistas, asesores de imagen, modistos y peluqueros. En esos mismos años, su hija Florencia Kirchner residía en la ciudad mientras cursaba estudios vinculados al cine. Aquella situación jamás generó el nivel de indignación pública que hoy parece despertar un viaje acompañado por la pareja de un funcionario.
La controversia escaló incluso al plano político cuando el propio presidente Javier Milei salió a respaldar a su vocero y cuestionó las críticas señalando que muchas de las acusaciones carecen de sentido incluso desde el punto de vista económico, mencionando el concepto de “costo marginal”. A ese respaldo se sumó también Karina Milei, quien expresó su apoyo “total e incondicional” a Adorni y denunció lo que calificó como “basura mediática”.
La escena termina revelando algo más profundo que un simple viaje oficial. Mientras la política se consume en polémicas episódicas —tweets, fotos o acompañantes en un vuelo— el debate de fondo sigue ausente: cuál es el rumbo del país, qué lugar busca ocupar la Argentina en el mundo y qué discusiones realmente importantes deberían ocupar la agenda pública.
Quizás el problema no sea el protocolo. Quizás el problema sea la memoria corta. Y la facilidad con la que la política argentina elige discutir lo pequeño para evitar hablar de lo esencial.