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Hay imágenes que dicen más que cualquier tratado internacional. Los regímenes totalitarios no negocian. No dialogan. No entienden la diplomacia como la entendemos en sociedades libres. Solo respetan el lenguaje de la fuerza. La caída de el ayatolá Alí Jamenei en Irán trajo una nueva grieta en las opiniones occidentales. ¿Es normal apoyar un régimen totalitario desde la seguridad de occidente?, ¿Ser neutral es peor que tomar partido por un Gobierno que reprime libertades? El Leviatán protector vs el Destructor, esa es la cuestión.
Por Guido Esteban Polisena
Hay una verdad incómoda que preferimos no mirar de frente: el poder existe. Y cuando el poder no tiene límites, se convierte en miedo organizado. Thomas Hobbes escribió en el siglo XVII que, sin un poder que imponga orden, la vida humana se vuelve “solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”. Hobbes defendía la necesidad de un Leviatán: una autoridad capaz de evitar el caos. Pero hay una paradoja que Hobbes no romantizaba: cuando ese Leviatán deja de proteger y empieza a devorar a su propio pueblo, deja de ser garantía de orden y se transforma en tiranía. Y ahí aparece el dilema moral de nuestro tiempo.
Cuando cae el edificio donde se esconde un dictador y la gente sale a la calle llorando de alivio, no estamos viendo propaganda. Estamos viendo el fin del miedo. Estamos viendo lo que ocurre cuando el monopolio de la fuerza deja de estar exclusivamente en manos del opresor.
Nadie quiere que Estados Unidos sea el árbitro permanente del mundo. El poder sin control también es una amenaza. Pero la neutralidad frente al despotismo no es equilibrio: es comodidad.
Durante treinta años se habló de diálogo, de sanciones, de paciencia estratégica. Mientras tanto, la represión creció, la miseria se profundizó y la protesta se pagó con sangre. Se invocó la soberanía como si fuera un escudo sagrado. Pero ¿qué soberanía puede existir cuando un ciudadano no puede hablar sin arriesgar su vida? La soberanía pertenece al pueblo. No al tirano.
También hubo voces prudentes frente a Adolf Hitler. También se apeló a la estabilidad antes de que Polonia fuera arrasada. La historia mostró que el mal no se modera con comunicados.
Los que se posan a la izquierada, depotrican contra Estados Unidos y sostienen que países manejados por tiranos como Venezuela, Cuba y el Estado de Palestina son víctimas del poderío Imperialista. Reclaman una libertad occidental en una cultura oriental, donde su propia seguridad por elección de vida no estaría asegurada en esos territorios. El colmo de esta posición, que roza lo absurdo, se vio este fin de semana. La caída de el Ayatolá puso a muchos a apoyar a Irán, olvidandose que esta Revolución Islámica provocó muertes y sufrimientos con dos bombas en nuestro país.
Sin embargo, los que se posan a la derecha, aplauden todas las decisiones de Donald Trump. Pidieron su postulación al Premio Nobel de la Paz y festejan la intromisión norteamericana en los conflictos de Oriente siempre mirando con los ojos de Occidente. Ser bufón del Rey no sirve tampoco.
Lo que tienen en común ambas posturas es eso. Se posicionan de un lado y del otro. Generando naturalmente algo que Thomas Hobbes entendía como esencial: Sin equilibrio de fuerzas, no hay paz, hay dominación. Y cuando el equilibrio desaparece por completo, el orden se convierte en sometimiento.
La pregunta entonces no es si la fuerza incomoda. Claro que incomoda. La pregunta es si estamos dispuestos a aceptar que toda fuerza es inmoral, incluso cuando rompe las cadenas de un pueblo que grita auxilio. No se trata de buenos y de malos pero está claro que no hay tiranía sin espectadores que miren hacia otro lado.
A veces, lo que se presenta como prudencia es simplemente miedo a asumir responsabilidad. Y la historia, como siempre,no juzga nuestros discursos. Juzga lo que permitimos que ocurra. La caída del líder ayatolá Alí Jamenei en Irán volvió a dejar expuestos a países que basan su tibieza en neutralidad, desenmascaró a Estados que toman posición por un amiguismo ideológico o un enemigo en común y volvió a demostrarnos que la paz es tan frágil como una copa de vidrio, que puede romperse tan fácil como una bomba destroza la vida de miles de inocentes.
NG FEDERAL